Cómo es un safari con motos de nieve y ice fishing en Laponia

Hoy os vamos a contar la que para nosotros fue la excursión más increíble que hicimos en nuestro viaje a la Laponia finlandesa, y que además se aleja un poco de las típicas actividades que suelen hacer los turistas en esta parte del mundo. Se trata de una travesía por el bosque en moto de nieve, con una parada en un enorme y solitario lago helado para hacer pesca en hielo y tomar algo calentito. Fue una experiencia extraordinaria que nunca se borrará de nuestra cabeza.

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Reservamos la actividad con algo más de dos meses de antelación con Snowmobile Park, una empresa especializada en excursiones con motos de nieve situada en el mismo Santa Claus Village, muy cerquita de Rovaniemi. Solo podemos decir cosas buenas de ellos, ya que los guías fueron geniales e hicieron que la experiencia fuera inmejorable.

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La excursión que nosotros cogimos comenzaba a las 11:00 de la mañana y tenía una duración prevista de unas 3-4 horas. Nos costó 306€ dos adultos y un niño, que aunque a priori puede parecer un poco caro, luego te das cuenta que es un muy buen precio teniendo en cuenta la calidad de la excursión y sobre todo comparándola con otras.

En su página web tenéis toda la información:

Home

Media hora antes del comienzo de la excursión ya estábamos en el punto de encuentro. Aquí tienes que mostrar tu carnet de conducir (si no tienes, lógicamente no puedes llevar la moto) y te hacen firmar un documento en el que básicamente te explican que estás cubierto por un seguro con una franquicia de 1000 euros y que debes conducir con cuidado y responsabilidad, por tu seguridad y por tu bolsillo.

Es importante estar un rato antes ya que debes equiparte adecuadamente para la ocasión, y aunque parezca una tontería, con tanta ropa se va un buen rato y más si vas con niños. Tienes que ir bien abrigado, porque las motos van rápidas y si no te quedas helado, y aparte de esto ellos te dejan un mono térmico para ponértelo encima de tu ropa, manoplas térmicas para ponerlas encima de tus guantes, pasamontañas y casco. Si lo necesitas también te dejan unas botas, pero las nuestras ya iban bien y no nos las cambiamos.

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Una vez equipados salimos fuera y vemos las fantásticas motos de nieve marca Yamaha esperándonos. Es imposible no subirse corriendo y echarte unas cuantas fotos en lo que llegan el resto de compañeros de actividad.

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Hay que decir que las motos se montan por parejas, con lo que si vais dos deberéis turnaros en la conducción y hacer uno la ida y uno la vuelta del recorrido. En el caso de los niños, estos van subidos en un trineo que va en la cabeza del grupo enganchado a la moto del guía. Dani podría haber ido solo en el trineo, pero Lucas es demasiado pequeño así que Vero se tuvo que subir con ellos, con lo que yo fui solo en mi moto de nieve todo el recorrido.

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Por fin llegan los guías, dos chicos simpatiquísimos que estuvieron muy atentos de nosotros todo el tiempo. Uno de ellos solo hablaba inglés, pero el otro era francés y había estado viviendo en Huelva, con lo que hablaba bastante bien el español.

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Antes de salir te enseñan las nociones básicas para manejar la moto, que en realidad es muy sencillo. En el puño derecho hay una maneta que se pulsa con el pulgar y que sirve de acelerador, y te explican que no la pulses bruscamente ya que la moto podría salir despedida. En el puño izquierdo hay una maneta de freno como el de cualquier ciclomotor o bicicleta, pero prácticamente no es necesario usarla ya que cuando dejas de acelerar el propio rozamiento con la nieve hace que te detengas casi en seguida. Las empuñaduras además tienen calefacción que se puede regular. Hay que tener cuidado, porque si no la pones con la velocidad se te pueden helar las manos y perder la sensibilidad para manejar la moto, y si la pones demasiado fuerte (como me pasó a mi), prácticamente te vas quemando las manos y es bastante desagradable.

Los guías te vuelven a recordar que tengas cuidado, que no es la primera vez que un turista se estampa con algún árbol o se lleva por delante un reno salvaje. También te explican algunas señales con las que irán dándonos instrucciones con los brazos mientras vayamos en ruta. Las instrucciones son cosas sencillas tales como “vamos a parar”, “vamos a arrancar” o “precaución, hay algún peligro”.

Tras todo esto, que entendemos que es necesario para que todo vaya bien, estamos ya desesperados por arrancar la moto y comenzar. Por fin, allá vamos.

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La experiencia es brutal, en unos minutos te alejas de todo signo de civilización y te adentras con tu moto en el magnífico bosque completamente nevado y solitario. Los paisajes son increíbles, es algo que hay que vivir sí o sí si vas a Laponia.

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Nos explicaron que estas motos alcanzan velocidades de casi 100 km/h. Nosotros íbamos a una media de unos 30 km/h, y la velocidad máxima que llegué a alcanzar fue de unos 50 km/h, pero puedo asegurar que la sensación es de que vas a salir despedido en cualquier momento, parece que vas a mucha más velocidad.

Vero me comentó que en el trineo iban pegando unos rebotes que no veas (no lo quiero ni imaginar, porque si sobre la moto parecía que ibas a salir volando, en el trineo ya debía ser la leche), y Dani iba todo el camino partido de risa, se lo pasó genial.

El trayecto era de algo más de 15 kilómetros y lo recorrimos en unos 35 minutos en los cuales entre el espectacular entorno y la conducción en sí me lo pasé como un niño pequeño.

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Finalmente nos metemos en una zona bastante frondosa en la que apenas pasa la moto de nieve entre los árboles, y de repente se abre ante nuestros ojos una inmensa llanura nevada. El guía nos hace la señas para detenernos. Lo que tenemos ante nuestros ojos es un enorme lago helado. Absolutamente espectacular, estamos en mitad de la nada rodeados solo de nieve y silencio absoluto.

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Nos bajamos de las motos y empezamos a corretear para acá y para allá mientras los guías preparan todo el material para poder pescar.

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Nos prestan una especie de broca gigante para que cada uno hagamos nuestro propio agujero en el hielo. Está bastante duro y no es sencillo hacerlo, pero finalmente lo tenemos. Habría quizás unos 30 centímetros de hielo. Nos explican que por el tiempo que lleva haciendo temperaturas bajo cero saben si se puede o no caminar por encima del lago de forma segura o incluso si pueden circular vehículos. Por ejemplo, con ese espesor todavía no podían circular las motos por encima del lago.

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Una vez hecho el agujero nos dan nuestras cañas y a pescar. A los niños les encanta, ahí están todo el rato caña para arriba y caña para abajo. Así era difícil que picara nada pero se lo pasaron bomba.

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Mientras que esperamos tranquilamente si pica algún pez, sentados tranquilamente en la nieve y disfrutando del entorno, los guías comienzan a preparar una barbacoa. Llevan zumo de arándanos caliente y galletitas de jengibre, y en la barbacoa preparan unas enormes salchichas y mazorcas de maíz. Todo estaba buenísimo y puedes repetir tantas veces quieras.

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El momento fue muy agradable, inolvidable. Estuvimos hablando un buen rato con el guía francés un poco sobre la vida allí, el frío, etc… y sobre todo sobre las tan ansiadas auroras boreales (que por cierto desgraciadamente no tuvimos la suerte de ver). Nos estuvo explicando un poco como se podía prever si podían aparecer o no interpretando la información meteorológica y de actividad del sol, y también nos comentó que aunque eran habituales para la gente que vive allí, para un turista que está tres o cuatro días había que tener bastante suerte.

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Solo una chica tuvo la suerte de pescar algo, y además le picaron dos peces. No sabemos si es que sabía y hacía algo en especial o fue cuestión de suerte. En cualquier caso todos aprovechamos para echarnos unas fotos con la captura, y la verdad es que nos hizo ilusión.

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Después de estar allí como una hora y media que se nos pasó volando, decidimos que era hora de regresar. Los guías en ningún momento nos metieron prisa, y nos dijeron que nos volvíamos cuando nos apeteciera.

Cargamos todo, nos ponemos de nuevo las manoplas, los pasamontañas y los cascos y nos disponemos a emprender el camino de vuelta. Se deshace el mismo recorrido de la ida pero ahora los tonos son diferentes, ya que está atardeciendo. De nuevo el paisaje es maravilloso.

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Termina nuestra aventura y estamos agotados, han sido demasiadas emociones.

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Por un lado sientes pena porque sabes que este tipo de experiencia por desgracia no se puede vivir muy a menudo, pero por otro lado alegría de haber cumplido un sueño y de haber podido vivir algo que no todo el mundo tiene la suerte de poder hacer, y que sin duda se quedará en nuestro corazón para siempre. Hoy es sin duda uno de esos días por los cuales amamos viajar.

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